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En Pentecostés Mons. Margarito Salazar llama a renovar la Iglesia desde la unidad, la paz y la fuerza del Espíritu Santo

Misa de Solemnidad de Pentecostés, Catedral de Tampico.
Misa de Solemnidad de Pentecostés, Catedral de Tampico.

En el marco de la solemnidad de Pentecostés, la Iglesia Diocesana de Tampico se reunió para celebrar la venida del Espíritu Santo, una de las fiestas más significativas del calendario litúrgico. La celebración eucarística fue presidida por el obispo de la diócesis, Margarito Salazar Cárdenas, quien además dio gracias a Dios por su octavo aniversario episcopal, acompañado por sacerdotes y fieles que se unieron en oración por su ministerio pastoral.


Al inicio de la homilía, el obispo agradeció la presencia del presbítero Jorge Villanueva, de la Diócesis de Matamoros, quien proclamó el Evangelio, así como de los sacerdotes concelebrantes que lo acompañaron en esta significativa fecha. Desde este contexto de gratitud, monseñor centró su reflexión en el profundo significado de Pentecostés como la gran manifestación del Espíritu Santo que da vida, fortalece y anima a la Iglesia.


Con un tono cercano y profundamente catequético, el pastor diocesano recordó que Dios, en su amor perfecto, no dejó sola a su Iglesia, sino que le concedió el don del Espíritu Santo para sostenerla y conducirla en el camino de la evangelización.


Retomando el relato del libro de los Hechos de los Apóstoles, monseñor Margarito subrayó uno de los elementos esenciales de Pentecostés: la unidad de la Iglesia.


“Dice el texto bíblico que estaban los discípulos reunidos”, expresó el obispo, enfatizando que este detalle no es casual, sino una invitación permanente a vivir la comunión eclesial. Señaló que el acontecimiento de las diversas lenguas no representa uniformidad, sino la capacidad de Dios de unir la diversidad humana en una misma fe.


“La Iglesia tiene esta vocación: la unidad en la confesión de la fe”, afirmó, invitando a los fieles a fortalecer la comunión como pueblo de Dios, respetando las diferencias, pero caminando unidos en Cristo.


Otro de los puntos centrales de la reflexión fue el papel transformador del Espíritu Santo en la vida cotidiana. Basándose en la primera carta a los Corintios, el obispo recordó que toda acción buena nace de la presencia del Espíritu de Dios.


“Nadie puede llamar a Jesús Señor, si no es por obra del Espíritu Santo”, recordó, explicando que las obras de caridad, misericordia, oración y servicio son signos visibles de la acción divina en el corazón humano. Incluso, señaló que aquellas personas que buscan el bien, aun sin conocer plenamente a Dios, son también movidas misteriosamente por la gracia del Espíritu.


En un momento especialmente significativo de la homilía, monseñor Margarito dirigió una reflexión sobre uno de los clamores más urgentes de la sociedad actual: la paz.


A partir del salmo responsorial “Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra”, el obispo hizo un llamado a comprender que esta renovación comienza desde el interior de cada persona y se extiende a las familias y a toda la sociedad.


Con preocupación pastoral, hizo referencia a los contextos de violencia e inseguridad que vive el país, subrayando la necesidad de construir una auténtica cultura de paz desde el corazón.


“No podemos estar exigiendo paz mientras no tenemos paz en nuestro corazón”, expresó, invitando a las familias a abrir espacio al Espíritu Santo para sanar heridas, fortalecer la unidad y vivir reconciliadas.


Asimismo, destacó cómo el Evangelio de San Juan presenta a Cristo Resucitado ofreciendo la paz a sus discípulos, mostrándoles sus llagas como signo de que la verdadera paz también implica sacrificio, entrega y compromiso.


“La paz, la misericordia y la justicia también llevan cruz”, señaló, animando a los fieles a no temer al esfuerzo que implica trabajar por un mundo más fraterno y reconciliado.


En la parte final de su homilía, el obispo profundizó en el don del perdón que Cristo confía a la Iglesia mediante el Espíritu Santo, recordando el valor del sacramento de la reconciliación como un camino de sanación espiritual.


Lo definió como “el sacramento del amor que perdona”, invitando a los fieles a acercarse con confianza al encuentro misericordioso con Dios, capaz de renovar el corazón humano.


La celebración de Pentecostés se convirtió así en una oportunidad para renovar el compromiso cristiano y recordar que la Iglesia está llamada a vivir animada por el Espíritu Santo, fortalecida en la unidad y enviada a evangelizar con esperanza.


Al concluir, monseñor Margarito Salazar Cárdenas elevó una oración para que el Espíritu Santo continúe vivificando a la Iglesia de Tampico, santificando a sus fieles y fortaleciendo el caminar pastoral de una comunidad llamada a ser signo de reconciliación, comunión y esperanza en medio del mundo.

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